Qué ver en Frigiliana (Málaga): calles blancas y esencia morisca

Que ver en Frigiliana
Vista aérea de Frigiliana

Salimos de Motril con rumbo a Frigiliana por la autovía. El camino se nos hizo bastante cómodo y, casi sin darnos cuenta, llegamos a la entrada del pueblo.

Nada más llegar, nuestra idea era dejar el coche y continuar la visita a pie, así que buscamos un sitio donde aparcar y tuvimos suerte. No nos costó demasiado encontrarlo en uno de los laterales del pueblo.

Una vez dejamos el coche, apenas tardamos unos cinco minutos caminando hasta llegar a la zona más turística de Frigiliana. Y fue justo ahí cuando comenzó nuestra visita.

Cómo llegar a Frigiliana

Llegar a Frigiliana en coche es bastante sencillo, ya que la A-7 prácticamente nos deja a las puertas del pueblo. La salida que debemos tomar es la 292, y desde ahí solo quedan unos kilómetros por carretera hasta llegar a Frigiliana.

Desde Granada

Si venís desde Granada, hay que tomar la A-44 en dirección Motril y enlazar después con la A-7 hacia Málaga. El trayecto ronda la hora y cuarto, aunque dependerá del tráfico y del punto de Granada desde el que salgáis.

Desde Málaga

Desde Málaga tendremos que tomar la A-7 en dirección Almería y continuar hasta la salida 292, que es la que nos llevará hacia Frigiliana. El recorrido suele llevar unos 45 minutos, aunque, como siempre, el tráfico puede hacer que el tiempo varíe.

Una vez dejamos atrás la autovía, solo quedan unos kilómetros de carretera hasta llegar al pueblo. Y a partir de aquí empieza lo bueno: dejar el coche y comenzar a caminar por Frigiliana.

Qué ver en Frigiliana

Al principio del recorrido todavía estábamos en esa parte del pueblo donde la vida cotidiana se mezcla con la llegada de visitantes: pequeñas fruterías, algún supermercado, restaurantes y otros negocios que nos recordaban que Frigiliana no es solo un destino turístico, sino un pueblo donde se vive durante todo el año.

Fuimos avanzando poco a poco, callejeando y dejándonos llevar por lo que nos íbamos encontrando. Conforme nos acercábamos al centro, las casas blancas iban ganando protagonismo y las calles nos mostraban, poco a poco, esa imagen de Frigiliana que tantas veces habíamos visto en fotografías.

Casi sin darnos cuenta llegamos hasta la Plaza de las Tres Culturas, uno de los puntos más conocidos del pueblo y desde donde arranca buena parte del recorrido por su casco histórico.

Aquí nos encontramos con uno de los edificios más reconocibles del pueblo: El Ingenio, que todavía hoy alberga la fábrica de miel de caña Nuestra Señora del Carmen.

Y precisamente aquí hicimos nuestra primera parada, porque detrás de ese edificio hay una parte de la historia de Frigiliana que merece la pena conocer.

El Ingenio y la fábrica de miel de caña

Llegar hasta El Ingenio tuvo para mí un significado especial. Soy motrileño de pura cepa y la caña de azúcar forma parte de mis recuerdos desde pequeño. Durante muchos años la cultivé junto a mi padre y mi familia, así que encontrarme de nuevo con un lugar ligado a esta tradición me hizo viajar unos cuantos años atrás.

Recuerdo aquellos años en los que, de pequeño, era habitual andar chupando cañas de azúcar para sacarles el jugo. También recuerdo la zafra, que es como conocemos por aquí la época de recolección de la caña, el movimiento alrededor de las fábricas y aquel olor a azúcar que se quedaba en el ambiente.

Cuando yo era pequeño todavía quedaban fábricas en nuestra zona, si no recuerdo mal, las de Salobreña y La Caleta. Y tengo un recuerdo que conservo con especial cariño: alguna vez algún trabajador me daba una bolsa de asa llena de azúcar morena recién hecha, todavía caliente, para que me la fuera comiendo.

Pero mi relación con la caña no terminó ahí. Con unos 18 o 19 años llegué a tener mi propio cultivo de caña de azúcar, hasta que, desgraciadamente, las fábricas fueron cerrando y esta actividad terminó desapareciendo de nuestra costa.

Por eso, encontrarnos con El Ingenio de Frigiliana no fue simplemente descubrir otro lugar durante nuestro paseo. Para mí fue volver, aunque fuera por un momento, a una parte de mi historia y a una actividad que durante tantos años formó parte de la vida de nuestra tierra.

Una historia ligada a la caña de azúcar

Para entender la importancia de este edificio hay que echar la vista atrás unos cuantos siglos.

El Ingenio fue construido a finales del siglo XVI como casa de los Manrique de Lara, señores de Frigiliana, y con el paso del tiempo quedó ligado a una de las actividades que más marcaron la historia del pueblo: el cultivo y la transformación de la caña de azúcar. Tras la expulsión de los moriscos, esta actividad se convirtió en una de las principales fuentes de riqueza de Frigiliana y llegó a formar parte de la vida cotidiana de sus habitantes.

Hoy, muchos siglos después, aquella tradición todavía sigue viva. En el mismo edificio continúa funcionando la fábrica de miel de caña Nuestra Señora del Carmen, considerada la única que permanece activa en Europa

Y esto es precisamente lo que hace especial a El Ingenio. No estamos ante un edificio que simplemente conserva el recuerdo de una época pasada, sino ante un lugar donde una parte de aquella historia todavía continúa.

Eso sí, hay que tener en cuenta que El Ingenio no es visitable habitualmente. Sus puertas se abren solo en contadas ocasiones, especialmente con motivo de actividades relacionadas con la miel de caña.

Nosotros, en esta ocasión, tuvimos que conformarnos con recorrer su parte exterior. Y aunque no pudimos conocer la fábrica por dentro, encontramos algunos detalles que nos llamaron especialmente la atención.

Uno de ellos fue la antigua báscula para pesar los camiones que todavía se conserva en el exterior. Mi hijo mayor no sabía qué era ni para qué servía, así que tuve que explicárselo. Para mí, verla allí tenía un significado muy diferente. Después de tantos años entre cañas de azúcar, aquella báscula me resultaba un elemento bastante familiar.

Pero queríamos ver algo más del edificio y, como desde la plaza no se podía apreciar demasiado bien, decidimos seguir subiendo hasta encontrar un mirador desde el que pudiéramos contemplarlo desde arriba.

Y mereció la pena. Desde allí conseguimos tener otra perspectiva de El Ingenio y pudimos ver mejor parte de su estructura, algo que desde abajo resulta bastante más difícil.

Nos quedamos con las ganas de conocer su interior, pero aquella visita exterior terminó teniendo un significado especial para mí. Entre la báscula, el edificio y todos los recuerdos que me trajo la caña de azúcar, El Ingenio acabó siendo mucho más que una parada más dentro de nuestro paseo por Frigiliana.

Fábrica de miel de caña Frigiliana
Fábrica de miel de caña Frigiliana

Las calles de Frigiliana

Dejamos atrás El Ingenio y nos adentramos en la parte de Frigiliana que probablemente más fama le ha dado: sus calles.

Nosotros fuimos callejeando sin un rumbo demasiado marcado, entrando por una calle, girando en la siguiente y dejándonos llevar por lo que íbamos encontrando. Y creo que esa es precisamente una de las mejores maneras de conocer Frigiliana.

Subimos hasta la parte más alta, donde se encuentra el restaurante El Mirador, y desde allí pudimos contemplar el pueblo desde otra perspectiva. Mientras nosotros disfrutábamos de las vistas, una turista japonesa —o al menos eso nos pareció— estaba completamente ensimismada haciendo fotografías a un gato que se había cruzado por allí. La verdad es que el gato lo merecía, pero la situación nos hizo bastante gracia.

Desde este punto también pudimos apreciar algo que nos llamó especialmente la atención: los toldos de cañavera trenzada que cubren muchos de los patios y terrazas de las casas. Vistos desde arriba, le daban al pueblo un aspecto muy particular y, junto con las fachadas blancas, componían una imagen que nos pareció preciosa.

Después seguimos descubriendo otros rincones del pueblo. Pasamos por el Peñón, el Callejón del Garral y la Calle Real, aunque la verdad es que no íbamos pendientes de los nombres. Íbamos caminando, girando cuando nos apetecía y disfrutando de lo que aparecía delante de nosotros.

Pasamos también por la Calle Zacatín, donde nos encontramos con unos escalones especialmente anchos que se han convertido en uno de los puntos más fotografiados del pueblo. A nosotros nos recordaron mucho a algunos de los antiguos pasos que todavía recuerdo de Motril, aquellos que formaban parte de unas calles pensadas para la vida cotidiana y no únicamente para el paso de los coches.

Y así seguimos, calle arriba y calle abajo, disfrutando de cada rincón. Porque si algo tiene Frigiliana es que no hace falta llevar un recorrido perfectamente preparado para disfrutarla: basta con caminar y dejar que el pueblo te vaya descubriendo sus rincones.

Calle Zacatín, Frigiliana
Calle Zacatín, Frigiliana

Ruinas del Castillo de Lízar

En este punto hicimos una pequeña parada en nuestro recorrido. Habíamos estado callejeando sin rumbo y decidimos desviarnos un poco para acercarnos hasta las ruinas del Castillo de Lízar, situadas en la parte alta de Frigiliana.

La subida comienza por una calle que poco a poco va dejando atrás las casas. Al principio todavía estamos dentro del pueblo, pero casi sin darnos cuenta el camino se va transformando y empezamos a caminar entre campos de cultivo.

Durante la subida fuimos encontrando mangos y aguacates, algún membrillo, higueras e incluso pequeños cultivos de pitahaya, la conocida como fruta del dragón. El paisaje iba cambiando poco a poco y la verdad es que nos gustó ese contraste entre el pueblo y estos cultivos que aparecen en sus alrededores.

La subida no nos pareció especialmente complicada, aunque vimos a bastante gente que decidió darse la vuelta antes de llegar arriba. Quizá mi antigua afición al senderismo salió a flote, pero nosotros seguimos adelante sin demasiados problemas.

Después de continuar ascendiendo llegamos a la zona donde se encuentran los restos de un antiguo molino y, desde allí, ya solo nos quedaba avanzar un poco más hasta alcanzar las ruinas del Castillo de Lízar.

La verdad es que, después del camino, esperábamos quizá encontrarnos con algo más, porque de la antigua fortaleza queda muy poco. Apenas se conservan algunos restos de sus murallas y parte de la estructura original.

El castillo tuvo una gran importancia durante la época andalusí y, siglos después, fue escenario de uno de los episodios más importantes de la historia de Frigiliana. Tras la rebelión de los moriscos, la fortaleza fue tomada y finalmente destruida en 1569 por orden de Luis de Requesens. La fecha exacta de su construcción tampoco se conoce con certeza, aunque algunas teorías la sitúan entre los siglos IX y XI.

Pero si hay algo que hace que merezca la pena subir hasta aquí son, sin ninguna duda, las vistas de Frigiliana.

Desde lo alto podemos contemplar el pueblo extendiéndose por la ladera, con sus casas blancas y las montañas alrededor. Después de haberlo recorrido callejeando desde abajo, verlo desde esta perspectiva nos permitió entender mucho mejor cómo se adapta Frigiliana al terreno.

Así que, aunque las ruinas del castillo nos parecieron bastante escasas, la panorámica que encontramos desde aquí arriba sí nos pareció espectacular. Y solo por eso creemos que merece la pena hacer el esfuerzo de subir.

Una pequeña buena acción en el camino de vuelta

Y aquí ocurrió algo que no esperábamos y que terminó convirtiéndose, sin proponérnoslo, en la pequeña buena acción del día.

Cuando comenzábamos el camino de vuelta nos encontramos con una señora mayor, extranjera, que parecía estar bastante perdida. No encontraba el camino de regreso a Frigiliana y, aunque intentamos explicarle por dónde tenía que ir, parecía que no terminaba de entender nuestras indicaciones.

Ella echó a andar y nosotros decidimos aligerar un poco el paso para adelantarla. Después aminoramos la marcha y nos quedamos caminando delante de ella, pero lo suficientemente cerca como para asegurarnos de que seguía el camino correcto.

Mientras bajábamos, yo iba explicándole a mi hijo qué árboles nos íbamos encontrando y qué frutos daba cada uno. Y, para nuestra sorpresa, la señora parecía haber encontrado un guía turístico improvisado. Empezó a interesarse por todo lo que le iba contando, nos preguntaba, hacía fotografías y hasta se detenía para fotografiar alguno de los frutales que íbamos encontrando por el camino.

Así, entre árboles, frutos y alguna que otra explicación improvisada, conseguimos acompañarla de vuelta hasta Frigiliana.

No sé si ella recordará aquel paseo, pero nosotros seguro que sí. Y al final, aquella visita a las ruinas del castillo nos dejó algo más que unas buenas vistas del pueblo.

Ruinas del Castillo Lízar, Frigiliana
Ruinas del Castillo Lízar, Frigiliana

Iglesia de San Antonio de Padua

Después de nuestra pequeña aventura en las ruinas del Castillo de Lízar, tocaba volver a bajar hacia el pueblo. Descendimos de nuevo por la Calle Zacatín y continuamos nuestro paseo hasta encontrarnos con la Iglesia de San Antonio de Padua.

Esta vez sí pudimos entrar y disfrutarla tanto por fuera como por dentro. A primera vista puede parecer una iglesia bastante sencilla, pero cuando empiezas a fijarte en los detalles te das cuenta de que guarda más de una sorpresa.

Una de las primeras cosas que nos llamó la atención fue su techo de madera, una armadura de tradición mudéjar que cubre la nave central. Pero fue al acercarnos al altar cuando empezamos a descubrir algunos de los elementos que más nos llamaron la atención.

En el retablo, con el Cristo Crucificado en el centro, aparece sobre él una representación de Jesucristo descendiendo de la cruz. A los lados encontramos distintas imágenes, entre ellas el Nazareno, y justo debajo de este nos llevamos una pequeña sorpresa: una vitrina donde se conservan las máscaras que representan a los doce apóstoles.

La verdad es que a mi mujer y a mi hijo incluso les dieron un poco de respeto. Las caras, todas diferentes y con un aspecto bastante particular, no son precisamente el tipo de cosa que uno espera encontrarse al entrar en una iglesia.

Iglesia de San Antonio de Padua, Frigiliana

Y todavía nos esperaba otra sorpresa.

Ya casi a la salida, en los arcos que separan la nave central de las laterales, nos encontramos con unas pinturas que a primera vista nos parecieron bastante extrañas. Eran calaveras con tibias cruzadas, algunas con coronas y otras con lo que parecen birretes sacerdotales. Algunas tenían un aspecto tan peculiar que incluso nos recordaron, salvando las distancias, a esas calaveras de las películas de piratas.

Lo que no sabíamos en ese momento es que aquellas pinturas tenían un significado mucho más profundo. Fueron descubiertas en 1998 y están relacionadas con la idea de la muerte y la vida de ultratumba, un tema muy presente en el pensamiento barroco. Las coronas y los distintivos que aparecen junto a algunas de ellas representan las distintas posiciones que podían ocupar las personas en vida, recordándonos que ante la muerte todos terminamos siendo iguales.

Me alegro de haberme fijado en ellas, porque son de esas cosas que pueden pasar desapercibidas si entras en la iglesia con prisas. Y en nuestro caso terminaron siendo probablemente uno de los detalles más curiosos de la visita.

Las fuentes de Frigiliana

Después de visitar la iglesia nos quedamos un rato sentados en la plaza que hay justo frente a ella. Veníamos de subir hasta el castillo, bajar de nuevo al pueblo y recorrer sus calles, así que nos vino muy bien hacer una pequeña pausa y simplemente disfrutar del ambiente.

Después continuamos bajando por las calles del pueblo y llegamos hasta la Fuente Vieja, situada en la plaza que lleva su mismo nombre.

Construida en el siglo XVII por Íñigo Manrique de Lara, la fuente conserva en su parte central el escudo de este antiguo señor de Frigiliana. Es uno de esos pequeños rincones que aparecen durante el paseo y que forman parte de la historia cotidiana del pueblo.

Seguimos nuestro camino y poco después nos encontramos con otra de las fuentes más conocidas de Frigiliana: la Fuente de las Tres Culturas.

Su nombre hace referencia a las tres culturas que convivieron en Frigiliana a lo largo de su historia: cristiana, musulmana y judía. La fuente se encuentra en uno de los puntos más transitados del casco histórico y forma parte de ese conjunto de pequeños elementos que vamos descubriendo mientras callejeamos por el pueblo.

Dos fuentes diferentes, pero con algo en común: nos recuerdan que en Frigiliana muchas veces basta con caminar sin demasiadas prisas para ir encontrando pequeñas piezas de su historia.

Fuente Vieja, Frigiliana
Fuente Vieja, Frigiliana

De vuelta por el centro de Frigiliana

Desde aquí comenzamos ya nuestro camino de vuelta hacia la parte baja del pueblo. Después de haber subido hasta el castillo, recorrer sus calles y hacer alguna que otra parada, tocaba bajar tranquilamente y disfrutar de Frigiliana de otra manera.

Volvimos a recorrer una de sus calles principales y aquí el ambiente era diferente al que habíamos encontrado en las zonas más altas del casco histórico. Las pequeñas tiendas, los comercios de artesanía y las galerías de arte se sucedían a nuestro paso, y era imposible no ir echando un vistazo a los escaparates.

La verdad es que disfrutamos bastante de este tramo. No llevábamos ninguna prisa y fuimos entrando en algún comercio, curioseando y comprando alguna que otra cosa. Es una parte de Frigiliana bastante más enfocada al visitante, eso es evidente, pero también forma parte de la experiencia de conocer el pueblo.

Y entre tienda y tienda llegó también el momento de comprar unas locas malagueñas, un dulce que a mi hijo mayor le encanta. Así que aprovechamos para reponer fuerzas antes de continuar nuestro paseo.

Después seguimos bajando hasta llegar de nuevo a la Plaza de las Tres Culturas, el lugar donde habíamos comenzado nuestra visita al casco histórico.

Y aquí sí, sin prisas y después de unas cuantas horas caminando por Frigiliana, dimos por terminado nuestro recorrido.

Habíamos subido hasta las ruinas del castillo, callejeado sin rumbo, descubierto rincones que no esperábamos encontrar, entrado en una iglesia llena de pequeños detalles, ayudado a una señora que se había perdido y, por supuesto, habíamos tenido tiempo hasta para curiosear por las tiendas.

Al final, eso fue para nosotros Frigiliana: mucho más que una colección de calles bonitas y casas blancas. Fue caminar, parar, mirar, descubrir y disfrutar del pueblo a nuestro ritmo.

Tienda en Calle Real, Frigiliana
Tienda en Calle Real, Frigiliana

Senderismo en Frigiliana: río Higuerón y los Cahorros

Si además de conocer el pueblo os gusta el senderismo, Frigiliana tiene una parte mucho más montañosa que merece la pena descubrir. Nosotros conocemos una ruta que parte de la zona alta, pasa por la Acequia de Lízar y termina bajando hasta el río Higuerón y los Cahorros.

Es una ruta que nosotros recomendamos hacer en verano, porque después de la parte más expuesta del recorrido llega uno de los tramos que más disfrutamos: caminar por el propio cauce del río Higuerón. Aquí el paisaje cambia completamente y el agua y la vegetación hacen que el ambiente sea mucho más fresco.

La ruta comienza en la parte alta y durante un buen tramo se disfruta de unas vistas preciosas sobre el entorno de Frigiliana. Uno de los puntos más particulares es el paso por la Acequia de Lízar, donde el camino transcurre a cierta altura. Si tenéis vértigo, este tramo quizá no sea el más adecuado.

Después el recorrido va perdiendo altura hasta alcanzar el cauce del río Higuerón. Y aquí cambia por completo el paisaje. Dejamos atrás las zonas más abiertas y comenzamos a caminar por el propio río, entre las paredes del barranco, siguiendo su curso hasta llegar a los Cahorros.

Esta es, probablemente, la parte más refrescante de la ruta. El agua, las paredes del barranco y la vegetación hacen que el recorrido tenga un ambiente completamente diferente al del pueblo.

Existen diferentes variantes para realizar este recorrido, así que conviene informarse un poco antes de salir y elegir la que mejor se adapte a nosotros.

Es una de esas rutas que demuestran que Frigiliana es mucho más que sus calles blancas. Basta con alejarse un poco del casco histórico para encontrarnos con un paisaje mucho más montañoso y natural.

Dónde comer y qué probar en Frigiliana

Nosotros en esta visita no nos sentamos a comer en ningún restaurante, pero sí hubo una parada gastronómica que tenemos clarísima: la Panadería Manolo, en plena Calle Real.

Íbamos paseando cuando nos encontramos con esta pequeña panadería y, sinceramente, hubo algo que nos hizo entrar antes incluso de saber lo que íbamos a comprar: el olor.

Allí descubrimos la típica torta de aceite de Frigiliana, uno de los dulces tradicionales del pueblo. La probamos y nos pareció una auténtica locura. Estaba especialmente buena, de esas cosas que pruebas pensando en compartir y acabas preguntándote por qué no has comprado otra.

Y no nos quedamos ahí.

También vimos unas galletas caseras rellenas, unas de chocolate y otras de dulce de leche. Compramos algunas para llevárnoslas a casa, pero entre unas cosas y otras acabamos sentados en un banco comiéndonos parte de lo que habíamos comprado.

Las de dulce de leche fueron las que más nos gustaron. Tanto, que tuvimos que volver a la panadería a por más. 

Así que, si vais a recorrer Frigiliana y pasáis por la Calle Real, nuestra recomendación esta vez sí es personal: parad en Panadería Manolo y probad la torta de aceite. Nosotros no pudimos resistirnos.

Pero Frigiliana también tiene una gastronomía muy ligada a su historia y a los productos de la tierra. Entre los platos y productos tradicionales que podemos encontrar están el choto, las migas, diferentes potajes y, por supuesto, la miel de caña, que forma parte de la identidad gastronómica del pueblo y que sigue elaborándose en El Ingenio.

También es habitual encontrar platos y dulces elaborados con productos de la zona, así que si vais con tiempo, merece la pena sentarse a comer y descubrir esta parte de Frigiliana con algo más de calma.

Nosotros esta vez nos fuimos con nuestras tortas y nuestras galletas bajo el brazo. Y viendo que tuvimos que volver a por más, creo que tampoco fue una mala elección.

Torta de aceite de Frigiliana
Torta de aceite de Frigiliana

Dónde dormir en Frigiliana

Si después de recorrer Frigiliana os apetece quedaros a dormir, el pueblo tiene bastante oferta de alojamiento, tanto dentro del casco urbano como en sus alrededores.

Una de las opciones que más sentido tiene es quedarse dentro o cerca del casco histórico. Así podéis disfrutar del pueblo cuando muchos de los visitantes que llegan solo para pasar el día ya se han marchado. Pasear por sus calles al atardecer y ver cómo cambia el ambiente puede ser una experiencia completamente diferente a la que vivimos durante el día.

También hay alojamientos en las zonas más rurales y en las laderas que rodean Frigiliana. Esta opción puede resultar especialmente interesante si buscáis tranquilidad, naturaleza y unas buenas vistas, y queréis utilizar el pueblo como punto de partida para conocer también el entorno.

La oferta es bastante variada, desde pequeños hoteles y hospederías hasta apartamentos y casas rurales, así que lo mejor será elegir según el tipo de escapada que tengáis en mente.

Nosotros en esta ocasión fuimos y volvimos a casa, pero si algún día decidimos quedarnos a dormir, creo que elegiríamos un alojamiento que nos permitiera disfrutar de Frigiliana cuando el pueblo se queda más tranquilo, después de que termine el movimiento del día.

Qué ver en Frigiliana que nos quedó pendiente

Aunque nuestro recorrido por Frigiliana fue bastante completo, hubo algunos lugares que se nos quedaron pendientes y que tendremos que dejar para una próxima visita.

Entre ellos está la Casa del Apero, donde se encuentra el Museo Arqueológico de Frigiliana, la Ermita del Ecce Homo, conocida también como la Ermita del Santo Cristo de la Caña, y el Jardín Botánico.

Tampoco nos dio tiempo a conocer algunos de los rincones que quedan fuera de nuestro recorrido, así que ya tenemos unas cuantas excusas para volver.

Y la verdad es que no nos importa demasiado. No somos de esos que necesitan tachar de una lista todo lo que hay que ver en un pueblo en una sola visita. Preferimos caminar tranquilos, disfrutar de lo que encontramos y dejar alguna cosa pendiente para tener un motivo más para regresar.

Así que, si vais a Frigiliana, tened en cuenta que hay bastante más que ver de lo que nosotros pudimos conocer en esta ocasión.

Día de la Miel de Caña y Festival de las Tres Culturas

Si queréis conocer Frigiliana coincidiendo con alguna de sus celebraciones, hay dos citas que nos parecen especialmente interesantes. Y aunque las dos tienen mucho que ver con la identidad del pueblo, lo hacen de maneras muy diferentes.

Día de la Miel de Caña

El Día de la Miel de Caña es una celebración relativamente reciente, pero detrás de ella hay una tradición que lleva siglos formando parte de la historia de Frigiliana.

La fiesta nació para poner en valor la tradición azucarera del municipio y uno de sus productos más característicos: la miel de caña. Y aquí vuelve a aparecer El Ingenio, ese edificio que nosotros encontramos cerrado durante nuestra visita y que todavía alberga la fábrica de miel de caña Nuestra Señora del Carmen.

Precisamente uno de los grandes atractivos de esta celebración es que El Ingenio abre sus puertas al público, algo que no ocurre habitualmente. Es una oportunidad para entrar en el edificio, conocer su antigua maquinaria y descubrir cómo se elaboraba y se sigue elaborando la miel de caña.

Durante la fiesta también hay degustaciones, gastronomía y diferentes actividades relacionadas con este producto tan ligado a la historia del pueblo.

Después de haberlo visto únicamente desde fuera, nosotros ya tenemos claro que si volvemos a Frigiliana y podemos hacerlo coincidir con esta celebración, aprovecharemos para conocer El Ingenio por dentro.

Festival de las Tres Culturas

El Festival de las Tres Culturas es bastante más reciente de lo que pueda parecer. Su primera edición se celebró en 2006, por lo que no estamos ante una fiesta tradicional que lleve siglos celebrándose en Frigiliana.

Y, sin embargo, tiene mucho sentido que naciera precisamente aquí.

El festival utiliza como punto de partida la historia de Frigiliana y la presencia que tuvieron en ella las culturas cristiana, musulmana y judía. La idea era crear un espacio de encuentro alrededor de la cultura, la gastronomía, la música y el arte, y convertir al mismo tiempo a Frigiliana en un destino turístico de referencia.

La primera edición ya fue todo un éxito y reunió a más de 15.000 visitantes. Con los años el festival fue creciendo y ocupando cada vez más calles y espacios del pueblo. Lo que comenzó como cuatro días de actividades terminó convirtiéndose en una de las grandes citas del verano en la Axarquía.

Hoy, durante el festival, Frigiliana cambia completamente de aspecto. El Mercado de las Tres Culturas se convierte en uno de sus grandes protagonistas y las calles se llenan de puestos de artesanía, gastronomía, música, pasacalles, teatro y actividades relacionadas con esas tres culturas.

Pero quizá lo más interesante sea entender que el festival no pretende decirnos que en Frigiliana exista desde hace siglos una fiesta llamada “Tres Culturas”. Es algo mucho más reciente: una celebración creada a partir de la historia del pueblo y de su pasado multicultural.

Y después de haber recorrido sus calles, haber visto las huellas de su pasado morisco y conocer algunos de sus edificios, resulta fácil entender por qué esta historia se ha convertido en una parte tan importante de la identidad que Frigiliana quiere mostrar al visitante.

Hasta pronto, Frigiliana

Y así llegamos al final de nuestra visita a Frigiliana.

Nos vamos sabiendo que todavía nos quedan rincones por descubrir, pero quizá ahí esté también parte del encanto de estos viajes. No siempre hace falta verlo todo. A veces basta con caminar sin rumbo, levantar la mirada, detenerse ante aquello que nos llama la atención y dejar que el lugar nos sorprenda.

Frigiliana nos ha dejado sus calles blancas, sus casas encaladas, sus vistas sobre la montaña y el Mediterráneo, pero también pequeñas historias que seguramente recordaremos durante mucho tiempo. La emoción de encontrar El Ingenio y todo lo que significó para mí, aquella subida hasta las ruinas del Castillo de Lízar, las explicaciones improvisadas a mi hijo mientras caminábamos entre los frutales y, por supuesto, aquella señora que terminó encontrando en nosotros a sus improvisados guías.

Porque al final, un viaje no siempre se mide por la cantidad de lugares que conseguimos visitar, sino por todo aquello que nos llevamos cuando volvemos a casa.

Y nosotros de Frigiliana nos llevamos mucho.

Nos llevamos recuerdos, alguna que otra fotografía, el sabor de una torta de aceite y unas galletas que nos hicieron volver a la panadería, pero sobre todo nos llevamos la sensación de haber disfrutado de un pueblo que, pese a todo el turismo que recibe, todavía conserva rincones donde merece la pena parar y mirar un poco más despacio.

Frigiliana es uno de esos lugares que se disfrutan caminando. Sin prisas, sin necesidad de seguir un mapa y, a ser posible, dejando siempre algún rincón pendiente.

Porque así siempre tendremos una razón para volver.

Nos vemos en los senderos!!!

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