Qué ver en Íllora (Granada): descubriendo el pueblo del ojo derecho de Granada

Interior Catillo de Íllora
qué ver en Íllora
Interior Catillo de Íllora

Motril fue, una vez más, nuestro punto de partida. Esta vez pusimos rumbo directo a Íllora, en la provincia de Granada, con ganas de descubrir un pueblo que, aunque no queda demasiado lejos de casa, todavía no conocíamos como se merecía.

Nada más llegar a Íllora decidimos aparcar en la calle principal de entrada al pueblo. La verdad es que el aparcamiento no es ningún problema por aquí y hay bastante espacio para dejar el coche, pero nosotros preferimos hacerlo así, en una zona cómoda desde la que empezar a caminar.

Y eso es precisamente lo que hicimos.

Dejamos el coche y nos pusimos a recorrer Íllora a pie, sin prisas y con esa idea que tanto nos gusta: caminar por sus calles y dejar que el propio pueblo nos vaya llevando de un sitio a otro.

Qué ver en Íllora

Si buscas qué ver en Íllora, seguramente el Castillo de Íllora sea uno de los primeros lugares que aparezcan en cualquier recorrido. Y nosotros también llegamos con la idea de conocerlo.

Como habíamos llegado bastante temprano, muchas de las cosas que queríamos visitar todavía estaban cerradas, así que decidimos empezar subiendo hacia el castillo, aunque fuera para situarnos y ver si encontrábamos alguna información que nos ayudara a conocer mejor el lugar. Pero antes de llegar hasta él nos encontramos con algo que no esperábamos.

Las casas de Íllora, una sorpresa durante el paseo

Una de las primeras cosas que nos llamó la atención al acercarnos a la parte alta de Íllora fueron sus casas.

Y no hablamos solamente de una o dos viviendas que destaquen entre las demás. Mientras caminábamos empezamos a encontrarnos con fachadas grandes, elegantes y muy cuidadas, algunas con una decoración que nos hizo pararnos más de una vez para mirar los detalles.

Había casas de grandes dimensiones, con fachadas ordenadas y balcones, junto a otras mucho más sencillas y pequeñas, pero que conservaban ese mismo encanto de las viviendas tradicionales.

En ese momento decidimos que, ya que estábamos allí, lo mejor era olvidarnos un poco del recorrido que llevábamos pensado y simplemente descubrir Íllora caminando. Y fue un acierto.

Nos pasamos un buen rato recorriendo sus calles y empezamos a descubrir auténticas joyas de arquitectura civil. Algunas de estas viviendas están vinculadas a las familias con mayor poder económico que vivieron en Íllora y que construyeron casas más grandes y elaboradas, mientras que junto a ellas todavía se conservan ejemplos de arquitectura popular.

De hecho, la propia documentación patrimonial del municipio explica que el casco antiguo de Íllora se fue desarrollando alrededor de la peña del castillo y de la Iglesia de la Encarnación, adaptándose a un terreno con bastante desnivel. Las calles más antiguas, especialmente en torno a los ejes de las calles Real y Santa Ana, son estrechas, irregulares y en algunos puntos bastante pendientes. Y precisamente esa mezcla es una de las cosas que más nos gustó.

No estábamos ante un conjunto de casas iguales ni ante un pueblo construido siguiendo un único modelo. Íllora nos iba mostrando fachadas señoriales, viviendas más modestas, calles estrechas y rincones que aparecían casi sin buscarlos.

Entre ellas descubrimos algunos ejemplos que ayudan a entender mejor esta riqueza arquitectónica. En la calle Santa Ana, por ejemplo, encontramos la Casa de la Familia Ruiz Horques, una antigua casa señorial cuya fachada de tres cuerpos destaca por sus distintos vanos decorados. Cerca de la Placeta de San Sebastián aparece también la Casa de D. Juan Moraga, un ejemplo más cercano a la arquitectura popular andaluza.

Y luego está la Casa Márquez o López Font, que nos parece especialmente curiosa. Fue construida entre finales del siglo XIX y comienzos del XX y su fachada sigue las formas del historicismo neomudéjar. El conjunto llegó a contar incluso con una capilla neogótica y unos jardines de inspiración romántica. Hoy es una propiedad privada, así que hay que conformarse con contemplarla desde el exterior.

Nosotros no íbamos buscando casas señoriales ni teníamos preparado un recorrido concreto por la arquitectura de Íllora. Simplemente empezamos a caminar y fueron apareciendo delante de nosotros. Y quizás por eso nos gustó todavía más.

Porque cuando visitamos un pueblo nos gusta precisamente eso: no limitarnos a ir de monumento en monumento, sino mirar también lo que tenemos alrededor. Una fachada, un balcón, una puerta o una casa que aparentemente pasa desapercibida pueden acabar siendo parte de los recuerdos que nos llevamos del viaje.

Así que antes incluso de llegar al castillo, Íllora ya nos había dado una primera sorpresa.

Casa Márquez, Íllora
Casa Márquez, Íllora

El Ayuntamiento de Íllora, un antiguo convento

Después de recorrer la parte más alta del pueblo, fuimos bajando poco a poco por la carretera. Ya habíamos dejado atrás las casas que tanto nos habían llamado la atención y tocaba seguir descubriendo qué ver en Íllora.

Al llegar a una plaza bastante amplia nos encontramos con el Ayuntamiento. Lo primero que nos llamó la atención fue el propio edificio: una construcción robusta, de aspecto sobrio y con varios cuerpos que le daban una presencia muy particular. No tenía la apariencia que esperábamos de un ayuntamiento de pueblo y nos quedamos mirándolo un buen rato.

Y es que había una razón para ello.

El edificio que hoy ocupa el Ayuntamiento de Íllora es en realidad la antigua iglesia del Convento de San Pedro de Alcántara, un conjunto religioso cuya construcción comenzó en 1669 gracias a las aportaciones de los propios vecinos. La iglesia quedó terminada en 1688 y el convento unos años después.

La Orden de San Pedro de Alcántara tuvo además una función que iba más allá de lo religioso: el convento servía como lugar de hospedaje y como centro de atención para personas necesitadas, por lo que desempeñó un papel importante en la vida de Íllora.

Con la desamortización de 1835 la comunidad religiosa desapareció y los bienes del convento fueron vendidos, aunque la iglesia logró mantenerse abierta al culto durante un tiempo. Con los años, aquel espacio religioso tuvo una nueva vida y hoy es la sede del Ayuntamiento.

Arquitectónicamente es un edificio muy austero. La antigua iglesia tiene planta de cruz latina, con los brazos del crucero poco pronunciados y muros lisos, prácticamente sin decoración. La nave está cubierta por una bóveda con lunetos que permiten la entrada de luz y, en uno de sus laterales, todavía se conserva parte del antiguo claustro.

A nosotros nos gustó precisamente por eso. No es un edificio recargado, pero cuando llegas a la plaza y lo tienes delante, se hace notar.

Nos pareció curioso encontrarnos con un lugar que había pasado de ser convento e iglesia a convertirse en el centro de la vida municipal del pueblo. Y lo mejor es que llegamos hasta allí simplemente bajando desde la parte alta, sin buscarlo expresamente: otra de esas pequeñas sorpresas que aparecen cuando recorres un pueblo caminando y sin seguir siempre el camino más evidente.

Ayuntamiento de Íllora
Ayuntamiento de Íllora

La Iglesia de la Encarnación de Íllora

Desde el Ayuntamiento continuamos el recorrido hasta llegar a la Iglesia de Nuestra Señora de la Encarnación, y aquí tenemos que reconocer que nos quedamos bastante impresionados.

¡Vaya planta y vaya porte tiene este edificio!

La iglesia aparece ante nosotros con unos muros gruesos y una presencia realmente monumental. Su gran torre, que se levanta detrás de la cabecera, la hace parecer todavía más imponente y, al acercarnos a sus portadas, entendemos que estamos ante uno de esos edificios que no pasan desapercibidos.

Para un pueblo como Íllora, nos pareció espectacular.

Y lo curioso es que desde fuera el conjunto resulta bastante sobrio. No necesita una decoración excesiva para llamar la atención: son sus dimensiones, sus grandes muros, los contrafuertes y esa enorme torre los que hacen que la mirada se vaya hacia arriba.

La iglesia comenzó a construirse en 1541 sobre un lugar que probablemente había estado ocupado primero por una mezquita y después por una iglesia mudéjar. Diego de Siloé se encargó de las trazas de la capilla mayor y de la torre, aunque las obras continuaron posteriormente con la intervención de diferentes maestros durante los siglos XVI, XVII y XVIII.

El resultado es un templo principalmente renacentista, aunque todavía conserva algunos rasgos de tradición gótica. Tiene una gran nave rectangular dividida en cuatro tramos y capillas poco profundas entre los contrafuertes.

Pero si algo nos llamó especialmente la atención fueron sus portadas. La de los pies, la más antigua, presenta dos cuerpos y un gran arco en la parte inferior, mientras que en la parte superior aparece una hornacina. La portada lateral tiene un carácter más manierista y en ella destaca el grupo escultórico de la Anunciación, con las figuras de la Virgen y el arcángel.

Y todo esto lo estábamos descubriendo desde fuera. Porque, por desgracia, la iglesia estaba cerrada.

Habíamos llegado temprano y ya sabíamos que muchas visitas todavía no estaban abiertas, así que preguntamos en la Oficina de Turismo por si era posible visitar el interior. Nos dijeron que abrirían alrededor de las 13:30, así que continuamos nuestro recorrido con la idea de volver más tarde. Y volvimos.

De hecho, regresamos en varias ocasiones durante la mañana, pero finalmente nos quedamos con las ganas. Un pequeño cartel en la puerta indicaba que el horario de misa era a las 20:00 y no pudimos entrar.

Y es una verdadera lástima, porque el interior de esta iglesia guarda auténticas piezas de interés. Allí se encuentra la capilla mayor, cubierta con bóveda, y un retablo barroco acompañado de un tabernáculo neoclásico de mármol. También conserva un órgano tubular construido por la familia Pavón a finales del siglo XVIII y algunas obras procedentes del antiguo Convento de San Pedro de Alcántara.

Pero hay algo que nos llamó especialmente la atención al investigar sobre ella: su archivo parroquial, que conserva documentación desde el siglo XVI y está considerado uno de los archivos parroquiales más importantes de la provincia de Granada.

Nosotros no pudimos comprobar nada de esto en persona, así que tendremos que dejarlo para otra ocasión.

Nos tuvimos que conformar con disfrutarla desde fuera, que tampoco fue poco. La Iglesia de la Encarnación nos dejó bastante claro por qué es uno de los grandes monumentos que ver en Íllora. Su tamaño, su torre y esas enormes portadas hacen imposible pasar por delante sin detenerse a mirarla.

Iglesia de la Encarnación de Íllora
Iglesia de la Encarnación de Íllora

El Museo Municipal y la Oficina de Turismo de Íllora

Desde la Iglesia de la Encarnación seguimos caminando hasta llegar a otro edificio que nos llamó la atención, aunque al principio no teníamos muy claro qué era. A primera vista parecía algún tipo de edificio municipal o incluso una antigua oficina del Ayuntamiento: tenía ese aspecto serio e institucional, con una fachada ordenada y una construcción que transmitía bastante solidez.

Resultó ser el Museo Municipal de Íllora, donde también se encuentra la Oficina de Turismo.

Cuando llegamos todavía estaba cerrado, pero no tuvimos que esperar mucho. A las 10:30 abrió sus puertas y el chico que nos atendió fue muy amable. Nos dio un mapa de Íllora y nos explicó algunos de los lugares que podíamos visitar. Nos vino especialmente bien, porque llegábamos sin un recorrido completamente cerrado y aquel mapa nos ayudó a situarnos un poco mejor.

El edificio tiene una historia bastante curiosa. Se construyó hacia 1738 como Pósito de trigo, una institución cuya función era almacenar reservas de cereal para ayudar a garantizar el abastecimiento de la población. Su existencia estaba muy ligada a la vida agrícola de Íllora, donde el cultivo de cereales tuvo durante siglos un papel importante. Pero aquel edificio tuvo más vidas.

Con el paso de los años llegó a convertirse en Casa Consistorial, de ahí que nuestra primera impresión al verlo fuera precisamente la de estar ante un antiguo edificio administrativo. Además, durante la ocupación napoleónica, entre 1810 y 1812, fue utilizado como acuartelamiento de las tropas francesas.

Hoy alberga el Museo Municipal, donde se conserva una colección relacionada con la historia de Íllora, con piezas de cerámica y utensilios procedentes del antiguo castillo, además de una sala destinada a exposiciones temporales.

Y precisamente esa parte fue la que más nos gustó.

Después de hablar con el chico de la oficina dimos una vuelta por el interior y encontramos una exposición de carteles del Parapanda Folk, el festival de músicas de raíz que se celebra en Íllora desde hace décadas.

En aquel momento no recordábamos exactamente qué exposición era, pero después, buscando información, descubrimos que el museo ha acogido diferentes muestras relacionadas con la historia del festival. En 2026, por ejemplo, se organizó allí “Parapanda Folk. Una travesía de 37 años”, un recorrido por las distintas ediciones de este festival.

Nos gustó mucho ver cómo un edificio histórico no se limita a guardar objetos del pasado, sino que también se utiliza para exposiciones y actividades culturales. Tiene ese punto de edificio que ya cuenta una historia por sí mismo, pero al mismo tiempo se nota que sigue teniendo vida y que acerca la cultura a quienes visitan Íllora.

Llegamos pensando que quizá era una antigua dependencia municipal y terminamos descubriendo que aquel edificio había sido pósito, Ayuntamiento y ahora museo.

Otra pequeña sorpresa de las que nos gustan cuando recorremos un pueblo sin llevarlo todo marcado.

Museo Municipal y la Oficina de Turismo de Íllora
Museo Municipal y la Oficina de Turismo de Íllora

El Castillo de Íllora, el ojo derecho de Granada

Después de visitar el Museo Municipal y con el mapa ya en la mano, volvimos a pensar en el castillo. Teníamos muchas ganas de conocerlo, pero allí nos llevamos un pequeño chasco.

Nos habían explicado que, aunque aquel día había fiestas medievales, con puestos y actividades alrededor del pueblo, el castillo no iba a abrir sus puertas porque la persona encargada de su apertura estaba de vacaciones.

¡Qué marrón! Después de haber llegado hasta Íllora con la intención de conocerlo, nos parecía una pena marcharnos sin entrar en uno de sus lugares más importantes.

Pero seguimos dando unas cuantas vueltas por la zona y, al cabo de un rato, vimos movimiento. Parecía que se disponían a abrir las puertas. Y así fue.

Finalmente pudimos entrar, aunque aquel día no había visita guiada. Después de pensar que nos íbamos a quedar en la puerta, nos alegramos muchísimo de poder disfrutarlo.

Y fue al investigar su historia cuando entendimos realmente la importancia del lugar en el que estábamos.

El Castillo de Íllora se levanta sobre una gran peña en las faldas de Sierra Parapanda, en una posición desde la que domina la Vega de Granada y controla los pasos naturales hacia Loja y las tierras del norte. Precisamente por esta situación estratégica se convirtió en una pieza fundamental de la defensa del Reino Nazarí de Granada.

No es casualidad que llegara a conocerse como “el ojo derecho de Granada”.

Las primeras referencias al lugar se remontan al menos al periodo de al-Ándalus, aunque las excavaciones arqueológicas han permitido descubrir restos que muestran una ocupación anterior y documentar la evolución de la fortaleza desde época islámica.

Durante el periodo nazarí, el castillo formaba parte de un sistema defensivo mucho más amplio. Íllora, junto con fortalezas como Moclín y Montefrío, protegía uno de los sectores de frontera frente a los territorios castellanos y servía para controlar los caminos que conducían hacia la Vega de Granada.

Su posición no era casual. Desde aquella altura se podía vigilar una enorme extensión de territorio y mantener comunicación visual con otras fortificaciones y torres de vigilancia.

Otra de las cosas que más nos ha sorprendido al conocer su historia es que el conjunto era mucho más que una fortaleza militar.

Las excavaciones han permitido distinguir diferentes espacios: en la parte más alta estaba la alcazaba, la zona más protegida; por debajo se extendía una villa fortificada, donde vivía buena parte de la población, y también existía un arrabal.

Por eso, cuando hablamos del Castillo de Íllora, en realidad estamos hablando de una población completa protegida por murallas.

En la alcazaba se han localizado además varios aljibes, algo fundamental para garantizar el abastecimiento de agua en caso de asedio. Algunos son de grandes dimensiones y uno de ellos presenta varias naves separadas por arcos de ladrillo.

Nos parece uno de esos detalles que ayudan a entender cómo funcionaba realmente una fortaleza medieval. No bastaba con tener murallas y torres: había que poder resistir dentro durante días o incluso semanas.

Y para eso el agua era fundamental.

Todo este sistema se completaba con una red de torres atalayas y torres de alquería repartidas por el territorio. Desde ellas se podía vigilar el movimiento de tropas y transmitir avisos mediante señales visuales.

Cuando estás allí arriba y contemplas el paisaje, es mucho más fácil comprender la elección de este lugar.

Durante los siglos XIII, XIV y XV, esta zona vivió numerosos enfrentamientos. Íllora sufrió diferentes incursiones castellanas, pero su fortaleza consiguió mantenerse en manos nazaríes durante buena parte de este periodo.

En el siglo XV, además, el castillo quedó relacionado con las luchas internas que se produjeron dentro del propio Reino Nazarí. Íllora estuvo vinculada a los Abencerrajes, uno de los linajes más poderosos de Granada, y la fortaleza aparece relacionada con algunos de los episodios políticos que marcaron los últimos años del reino.

Pero la situación cambió definitivamente a finales del siglo XV. En 1486, durante la Guerra de Granada, los Reyes Católicos emprendieron una campaña para conquistar las principales fortalezas que protegían este sector. La caída de Loja abrió el camino y poco después fueron cayendo otras plazas.

Íllora terminó entregándose el 9 de junio de 1486. Con la conquista, la fortaleza pasó a manos castellanas y Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán, fue nombrado alcaide. El castillo todavía conservó durante un tiempo parte de su función militar y se realizaron algunas obras para reparar los daños sufridos durante la campaña.

Pero la frontera había desaparecido. Y con ella desaparecía también buena parte de la razón de ser de aquellas grandes fortalezas.

Durante el siglo XVI el castillo todavía tuvo diferentes usos y sufrió algunas modificaciones, pero poco a poco fue perdiendo importancia. Con el paso de los siglos, muchas de sus estructuras fueron deteriorándose y algunos materiales acabaron reutilizados en otras construcciones.

La antigua fortaleza quedó convertida poco a poco en ruinas y parte del espacio llegó incluso a utilizarse como terreno de cultivo.

No fue hasta mucho más tarde cuando comenzaron los trabajos arqueológicos que permitieron recuperar y estudiar lo que quedaba de aquella villa fortificada. Gracias a estas excavaciones hoy podemos conocer mucho mejor cómo estaba organizado el conjunto, cómo funcionaban sus sistemas defensivos y, especialmente, cómo se abastecía de agua.

Y cuanto más conocemos sobre el Castillo de Íllora, más sentido tiene aquel nombre con el que pasó a la historia. No era simplemente una fortaleza levantada sobre una peña. Era una pieza fundamental de todo un sistema defensivo, un lugar desde el que se vigilaba la frontera y una de las posiciones que durante siglos ayudaron a proteger el camino hacia Granada.

Y ahora sí, después de conocer toda su historia, entendemos mucho mejor lo que teníamos delante cuando caminábamos por sus restos.

Castillo de Íllora
Castillo de Íllora

Senderismo en Íllora: Sierra de Parapanda y Tajo del Sol

Si os gusta caminar y queréis descubrir el entorno natural de Íllora, aquí también vais a encontrar buenas opciones para calzaros las botas y salir a explorar.

La gran protagonista es la Sierra de Parapanda, que se eleva junto al pueblo y alcanza los 1.608 metros de altitud en el Morrón. Desde las zonas altas se pueden disfrutar de unas panorámicas muy amplias de la Vega de Granada, Sierra Nevada y las sierras que rodean la comarca.

Uno de los recorridos señalizados es el PR-A 284, una ruta de montaña que recorre parte de la Sierra de Parapanda y permite acercarse hasta el Morrón. Son alrededor de 14 kilómetros, con un desnivel que hace que sea una ruta para plantearse con algo de preparación, especialmente si no estamos acostumbrados a caminar por montaña.

También encontramos diferentes caminos por la Sierra de Madrid y el entorno del Tajo del Sol, donde aparecen fuentes, caminos entre la sierra y diferentes puntos desde los que disfrutar del paisaje.

Y es que el entorno de Íllora tiene algo que nos gusta mucho: no hace falta alejarse demasiado del pueblo para empezar a encontrarse con naturaleza.

Entre el castillo, desde donde ya hemos podido contemplar buena parte del paisaje, y las montañas que lo rodean, se entiende perfectamente esa relación tan estrecha que Íllora siempre ha tenido con su territorio.

Así que, si después de callejear por el pueblo os apetece cambiar las calles por senderos, la Sierra de Parapanda es una buena manera de seguir descubriendo Íllora.

Dónde comer en Íllora

Después de tanto andar por Íllora, el calor ya apretaba de lo lindo y necesitábamos hacer una parada para refrescarnos un poco. Así que buscamos un bar donde sentarnos y, ya que estábamos, probar algo de la comida de este pueblo.

Terminamos en el Bar 72 y nada más entrar hubo algo que nos llamó la atención.

¿Pescado frito en Íllora? ¡Pues sí! 

Así que nos sentamos a tapear y empezamos a pedir unas cosas para compartir. Probamos boquerones fritos, un bocadillo de carne de chorizo parrillero y una tapa de huevos rotos con jamón.

Y la verdad es que estaba todo riquísimo.

Después de toda la mañana recorriendo el pueblo, con sus cuestas, sus calles y el calor que hacía, aquella parada nos vino de lujo. Algo fresquito, unas tapas y a seguir.

Y una vez más volvimos a comprobar algo que nos encanta de Granada: aquí se tapea de escándalo y para comer bien no hace falta gastarse un riñón.

Bar 72, Íllora
Bar 72, Íllora

Dónde dormir en Íllora

Si después de conocer Íllora os apetece quedaros por la zona y disfrutarla con más calma, hay varias opciones de alojamiento que pueden encajar muy bien con una escapada de varios días.

Una de ellas es La Casa de Íllora, situada en el propio casco antiguo. Una casa rural amplia, pensada especialmente para grupos, con terraza, piscina y espacio para disfrutar del alojamiento sin necesidad de estar todo el día con el coche de un lado para otro.

Para quienes prefieran dormir rodeados de campo, también encontramos Cortijo Alnarache, un alojamiento rural situado en plena naturaleza. Es de esas opciones que pueden venir muy bien si lo que buscáis es tranquilidad, espacio y desconectar un poco del ruido.

Otra alternativa es Cortijo Las Albañilas, en la carretera de Montefrío. Un alojamiento rural rodeado de paisaje y con ese ambiente de campo que tanto apetece cuando buscamos una escapada por el interior de Granada.

Y es que el entorno de Íllora se presta mucho a este tipo de alojamiento. Entre la Sierra de Parapanda, los caminos que rodean el pueblo y el paisaje de la Vega de Granada, quedarse unos días permite conocer la zona con bastante más calma.

Así que, si estáis pensando en hacer una escapada por Íllora, nosotros miraríamos especialmente las casas rurales y cortijos de los alrededores. Son una buena opción para combinar las visitas al pueblo con naturaleza, tranquilidad y, por supuesto, alguna ruta por la sierra.

Fiestas y tradiciones de Íllora

Si hay algo que también merece la pena conocer de Íllora es su calendario festivo. Y aquí encontramos varias celebraciones que hacen que el pueblo tenga todavía más ambiente en determinados momentos del año.

La más importante son las Fiestas Patronales en honor a San Rogelio, patrón de Íllora. Se celebran tradicionalmente en agosto y llenan el pueblo de actividades, música, espectáculos y actos para vecinos y visitantes. Además, alrededor del día de San Rogelio, en septiembre, también se celebran diferentes actividades culturales y religiosas.

Pero si hay una cita que nos parece especialmente interesante para quienes disfrutan de la cultura y la música, esa es Parapanda Folk.

Este festival de músicas de raíz lleva décadas formando parte de la vida cultural de Íllora y en 2026 celebró su 35.ª edición. Durante varios días, el Anfiteatro Municipal Enrique Morente se convierte en punto de encuentro para disfrutar de música tradicional, folk, flamenco y diferentes propuestas relacionadas con la música de raíz. Además, está reconocido como Festival de Interés Turístico de Andalucía.

Otra celebración que nos encontramos muy relacionada con la historia del pueblo es el Mercado Medieval “Íllora, la Medina de Granada”. Durante varios días, las calles situadas a los pies del castillo se transforman en un auténtico zoco medieval, con puestos de artesanía y gastronomía, música, pasacalles, cetrería y diferentes actividades.

Y aquí tiene todavía más sentido por el lugar donde se celebra. Con el castillo de Íllora como telón de fondo, es fácil imaginar cómo pudo ser este rincón cuando la fortaleza formaba parte de la frontera del Reino Nazarí. En 2026 se celebró la sexta edición, así que parece que esta cita ha llegado para quedarse.

Así que ya sabéis, si estáis pensando en visitar Íllora, merece la pena echar un vistazo al calendario antes de ir. Puede que vuestra visita coincida con alguna de estas celebraciones y encontréis un pueblo todavía más animado de lo habitual.

Cómo llegar y aparcar en Íllora

Llegar a Íllora es bastante sencillo y, dependiendo de dónde vengáis, hay varias formas de acercarse al pueblo.

Nosotros llegamos desde Motril y fuimos directamente hasta Íllora. Al llegar, dejamos el coche en la carretera principal, en la entrada del pueblo, y desde allí comenzamos nuestra visita a pie. No tuvimos ningún problema para aparcar y nos vino genial para olvidarnos del coche durante toda la mañana.

Si venís desde Granada, podemos tomar la N-432 en dirección a Córdoba y, después de pasar Pinos Puente, desviarnos hacia la A-336, que pasa por Obéilar antes de llegar a Íllora.

Desde Málaga, el camino nos lleva por la A-92 en dirección Granada. Hay que tomar la salida de Moraleda de Zafayona y Brácana para enlazar con la A-335 y, posteriormente, con la A-336, que nos llevará hasta Íllora pasando por Alomartes.

Si llegáis desde Jaén, una de las opciones es bajar hacia Granada y enlazar con la A-92 en dirección Loja. Después tomaremos la N-432 hacia Córdoba y, una vez pasado Pinos Puente, volveremos a enlazar con la A-336 hasta Íllora.

Y desde Almería, lo más lógico es seguir la A-92 en dirección Granada y, una vez en la zona de Granada, continuar hacia los accesos que conectan con la N-432 y la A-336 hasta llegar a Íllora.

Una vez allí, nosotros lo tuvimos bastante fácil. Aparcamos en la entrada del pueblo y empezamos a caminar.

El casco antiguo tiene calles con bastante desnivel y la zona del castillo se encuentra en la parte alta, así que una vez que empezamos a caminar lo mejor es olvidarse del coche y disfrutar del paseo. Si vais con la idea de visitar el castillo, además, conviene llevar calzado cómodo, porque encontraremos desnivel y terreno irregular.

En nuestro caso fue tan sencillo como aparcar, echar a andar y dejarnos llevar por las calles de Íllora. Y después de recorrer el pueblo de arriba abajo, nos alegramos de haberlo hecho así.

Nos despedimos de Íllora

Y llegó el momento de despedirnos de Íllora.

Después de pasar toda la mañana recorriendo sus calles, subiendo hasta el castillo, descubriendo sus casas, sus plazas y algunos de esos rincones que aparecen cuando uno camina sin demasiadas prisas, tocaba volver a casa.

Nos vamos con la sensación de haber descubierto un pueblo con mucha más historia de la que quizá pueda parecer a primera vista. Basta con mirar hacia lo alto y encontrarse con su castillo para recordar que estamos ante aquel lugar que durante siglos fue una pieza importante en la defensa del Reino Nazarí y que llegó a ser conocido como el ojo derecho de Granada.

Pero más allá de su historia, nos quedamos con sus calles, sus casas señoriales, sus cuestas, sus vistas y ese ambiente de pueblo granadino que tanto nos gusta encontrar cuando salimos a descubrir nuevos lugares.

Íllora nos ha sorprendido y, como siempre, nos vamos con ganas de seguir conociendo esta tierra que todavía guarda tantos rincones por descubrir.

Nos vemos en los senderos!!!

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