Qué ver en Melegís (Granada): mirador, naranjos y Ruta del Azahar

Que ver en Melegís

Hay lugares a los que uno vuelve porque todavía le queda algo por descubrir. Y después están esos otros a los que volvemos simplemente porque nos hacen sentir bien. Melegís pertenece a los segundos.

Cuando pensamos en qué ver en Melegís, podríamos hablar de su mirador, sus fuentes, sus calles o la Ruta del Azahar. Pero para nosotros este rincón del Valle de Lecrín es mucho más que eso.

Cuando nuestros hijos tenían unos diez o doce años, este rincón del Valle de Lecrín se convirtió en uno de nuestros favoritos para esas escapadas de senderismo en familia. No necesitábamos grandes planes: cogíamos el coche, veníamos hasta aquí y nos echábamos a caminar entre naranjos. Y vaya si lo disfrutamos.

Los años han pasado y nuestros hijos ya no tienen aquella edad, pero nosotros seguimos acercándonos. Ahora somos mi mujer y yo, porque el Valle de Lecrín nos encanta y porque esta pequeña escapada es de esas que nunca cansan.

Hay algo especial en volver a un lugar que ya conoces y comprobar que, aunque algunas cosas hayan cambiado, otras siguen exactamente donde las recuerdas. Y eso nos pasa cada vez que venimos a Melegís.

Qué ver en Melegís

Melegís es uno de esos pueblos que merece la pena recorrer sin demasiadas prisas. Sus calles, sus fuentes, el lavadero, la iglesia y, por supuesto, los caminos que se adentran entre los naranjos hacen que una visita pueda alargarse mucho más de lo que uno espera.

Nosotros os vamos a enseñar los rincones que más nos gustan y algunos de esos lugares que, con los años, hemos aprendido a mirar de otra manera.

Mirador de las Alvirillas

Nosotros casi siempre dejamos el coche junto al propio mirador, porque tiene aparcamiento justo al lado. Así que, nada más bajar, ya estamos en uno de los lugares que más nos gustan de Melegís: el Mirador de las Alvirillas.

Las vistas son espectaculares. Frente a nosotros aparece la cola del pantano de Béznar y, al otro lado, podemos distinguir Restábal y Pinos del Valle, formando parte de ese paisaje que tantas veces hemos venido a disfrutar.

Pero este mirador tiene algo más. No es el típico lugar donde llegas, haces un par de fotos y sigues caminando: aquí merece la pena detenerse y fijarse en lo que lo rodea.

Hay sillones, sillas de anea, divanes y otros asientos de piedra que parecen sacados del salón de una casa. Para nosotros tienen un significado especial, porque cuando veníamos con nuestros hijos, después de terminar la ruta, este era uno de sus momentos favoritos. Se sentaban en un sillón, luego en otro, cambiaban de sitio constantemente y nosotros los veíamos disfrutar de aquel rincón como si fuera un juego más de la excursión.

Con los años hemos descubierto que aquellos sillones no están ahí por casualidad. El mirador se construyó en 2005 como homenaje a los emigrantes del Valle de Lecrín que, en los años 50 y 60, tuvieron que marcharse a otros países para buscar trabajo. La artista Elena Vicente Herranz lo llenó de esculturas y objetos relacionados con sus recuerdos, intentando llevar hasta aquí algo del hogar que habían dejado atrás.

Si nos fijamos en la baranda, encontramos animales, pequeños objetos, tejados de cerámica vidriada y hasta una pagoda china. Son elementos ligados a las influencias que los emigrantes fueron encontrando durante sus años fuera. Y entre todas las figuras destaca un dragón.

La escultora se inspiró en una tradición que conoció en Cardiff, donde las figuras de animales en los muros de algunos castillos tenían una función protectora. En Melegís, el dragón y el resto de animales miran hacia fuera para proteger el lugar. Además, el dragón representa la lucha del emigrante por abrirse camino en el país de acogida, y lleva entre sus alas objetos del salón de una casa: un teléfono de la época, un jarrón, una cuchara.

Quizá por eso lo seguimos disfrutando tanto. Para nuestros hijos aquellos sillones eran simplemente el lugar donde descansar y jugar después de caminar. Para nosotros, con los años, se han convertido también en parte de nuestros recuerdos de Melegís.

Mirador de las Alvirillas
Mirador de las Alvirillas

Iglesia de San Juan Evangelista

Desde el mirador nos fuimos adentrando poco a poco en el pueblo, dejándonos llevar por sus calles, sus fachadas más tradicionales y esas flores que aparecen por muchos rincones y que hacen que pasear por Melegís sea todavía más agradable. Y casi sin darnos cuenta, aparece ante nosotros la Iglesia de San Juan Evangelista.

A mí, al menos desde fuera, siempre me ha parecido una iglesia sobria y robusta. Su aspecto contrasta con la tranquilidad de las calles que la rodean, y ese contraste es parte de su encanto. Además, está en un entorno muy cuidado, con árboles y bancos donde sentarse un rato a tomar el fresco, de esos lugares que invitan a hacer una pequeña parada antes de continuar el paseo.

Nosotros hemos entrado en otras ocasiones y, si tenéis la oportunidad de encontrarla abierta, os recomiendo hacerlo. Cuesta imaginar que un pueblo tan pequeño pueda guardar en su iglesia semejante riqueza artística.

Empezó a construirse hacia 1560, durante la repoblación del Reino de Granada, y en ella se mezclan los elementos renacentistas de sus portadas con la tradición mudéjar de la armadura de madera que cubre la nave. La que vemos hoy es de 1599, porque la original se perdió durante la rebelión de los moriscos.

Pero no es esto lo primero que nos llama la atención al entrar. Lo que realmente sorprende es la delicadeza del interior, con su gran retablo mayor barroco y las capillas y retablos que se reparten por la nave. Entre las piezas destacan una Inmaculada de la escuela de Alonso Cano, otras esculturas barrocas y el llamado Cristo del Perú, atribuido a Pablo de Rojas.

La iglesia fue declarada Bien de Interés Cultural, con categoría de Monumento, en 2003, algo que ayuda a entender su importancia dentro del patrimonio del Valle de Lecrín.

Y eso es lo que más nos gusta de Melegís: pasear por un pueblo pequeño, tranquilo y rodeado de naranjos, y encontrarnos de pronto con un edificio que guarda tanta historia.

Iglesia de San Juan Evangelista
Iglesia de San Juan Evangelista

El lavadero de Melegís

Dejamos atrás la iglesia y seguimos paseando por Melegís, sin demasiada prisa y dejándonos llevar por las calles del pueblo. En uno de esos paseos nos encontramos con algo que nos llamó la atención: una acequia junto a uno de los laterales de la calle.

Puede parecer un detalle sin más, pero cuando uno se fija un poco entiende que el agua forma parte de la historia de Melegís. La Acequia de los Arcos atraviesa el pueblo y durante siglos fue fundamental para llevar el agua hasta sus fuentes, pilares y lavaderos. Algunos autores incluso sitúan su origen en época romana, y de ella se tienen noticias desde la Edad Media.

Y siguiendo este recorrido llegamos a uno de los rincones que más nos gustan del pueblo: el Lavadero de Melegís.

La verdad es que es precioso. Está cuidado con muchísimo mimo y, nada más llegar, lo primero que vemos son sus macetas, sus detalles decorativos y esa sensación de lugar que alguien se preocupa de mantener bonito. Es de esos rincones donde apetece quedarse un rato y mirar cada detalle.

Lo protege un pequeño cobertizo con vigas de madera de álamo y cubierta de teja, siguiendo la arquitectura popular de la zona. Bajo ese techo hay un cuadro del Cristo del Paño, rodeado de esa decoración de platos y macetas que da al conjunto un aire tan especial, y en uno de los laterales, una pequeña fuente lo completa.

Pero este lugar no está aquí solamente para que hoy podamos disfrutar de él. Durante muchos años tuvo una función muy importante en la vida cotidiana de Melegís. Hasta 1974, cuando llegaron la red de agua potable y el saneamiento, aquí se venía a lavar la ropa, y el lavadero era uno de esos lugares que formaban parte del día a día del pueblo. También servía para dar de beber a los animales, entre ellos los mulos que formaban parte de la vida y del trabajo de entonces.

Con el agua en las casas y la llegada de las lavadoras, su uso fue desapareciendo poco a poco. Y hay otro detalle curioso: se cree que originalmente pudo existir aquí una pileta a ras de suelo y que, con el tiempo, las pilas se fueron elevando hasta la altura de la cintura para hacer más cómodo el trabajo de lavar.

Hoy, cuando nos acercamos hasta aquí, cuesta imaginar todo el movimiento que debió de tener este rincón. Mujeres lavando, animales acercándose a beber y el agua corriendo por las acequias. Ahora reina la tranquilidad, pero el lavadero sigue ahí, perfectamente cuidado, como una pequeña ventana a aquella vida de antes.

Y quizá eso sea lo que más nos gusta de encontrar lugares así: que siguen formando parte del pueblo y, al mismo tiempo, nos permiten entender un poco mejor cómo era la vida aquí hace no tantos años.

 Lavadero de Melegís.
Lavadero de Melegís.

Paseando por Melegís: fuentes, casas y pequeños rincones

Después de visitar el lavadero seguimos caminando por Melegís, porque una de las cosas que más nos gusta de este pueblo es precisamente eso: pasear sin un recorrido demasiado marcado y dejar que sean sus calles las que nos vayan llevando de un rincón a otro.

Durante este paseo nos encontramos con varias fuentes y pilares repartidos por el pueblo. Una de las que más nos llamó la atención fue la Fuente del Pilar, situada junto al Mirador del Pilar. Desde aquí las vistas se abren hacia la vega de Melegís y Restábal, con esas montañas verdes al fondo que hacen que apetezca quedarse un rato contemplando el paisaje. La fuente tiene dos caños y durante mucho tiempo también sirvió como abrevadero para los animales.

Pero si hay algo que llama la atención mientras se camina por Melegís son sus casas. Entre las fachadas tradicionales aparecen algunas viviendas señoriales que conservan todavía sus escudos heráldicos, sobre todo en las calles de la Fuente, Larga y la Plaza de Pineda.

Son casas de los siglos XVIII y XIX que pertenecieron a familias con cierta importancia dentro de la sociedad de la época. En la calle de la Fuente encontramos, por ejemplo, escudos de los Miras y Calafar, los Pineda y los Sáenz-Diente. Algunos están perfectamente integrados en las fachadas y pueden pasar desapercibidos si vamos caminando deprisa, así que aquí merece la pena levantar un poco la vista y fijarse en los detalles.

Y entre esas casas aparece otro elemento que nos llamó la atención: la antigua portada de la fábrica de aceites y conservas de La Sagrada Familia. Hoy puede parecer simplemente una puerta más, pero en realidad formaba parte de una antigua actividad industrial vinculada a Francisco Castro, uno de los personajes más conocidos de Melegís.

Junto a esta portada se conserva además una cruz de piedra, otro de esos detalles que nos encontramos durante el paseo y que nos hablan de otras épocas del pueblo.

Seguimos avanzando hasta llegar a la zona de Las Eras, donde encontramos una plaza presidida por una imagen del Corazón de Jesús, colocada sobre una pilastra.

Y desde aquí dejamos atrás las calles de Melegís para poner rumbo a uno de los recorridos que teníamos ganas de volver a hacer: la Ruta del Azahar. Es momento de dejar las casas atrás y adentrarnos de nuevo entre naranjos.

Antigua portada de la fábrica de aceites, Melegís
Antigua portada de la fábrica de aceites

Ruta del Azahar

Y desde aquí dejamos atrás las calles de Melegís para volver a uno de esos caminos que para nosotros tienen un significado especial: la Ruta del Azahar.

Es una ruta que recomendamos especialmente para hacer en familia. Cuando nuestros hijos eran pequeños la disfrutábamos muchísimo y, ahora que somos nosotros dos los que seguimos viniendo, nos sigue pareciendo una de esas caminatas fáciles que encajan perfectamente en un día en el que no tenemos nada previsto.

Nosotros solemos empezar el recorrido en la parte baja, por debajo del puente que lleva hacia Restábal. Desde aquí el camino se mete enseguida entre parcelas de naranjos y algún que otro limonero.

Y si tenemos la suerte de venir cuando los naranjos están en flor, entendemos enseguida de dónde viene el nombre de la ruta. El olor a azahar lo llena todo y caminar entre los árboles en primavera es una auténtica maravilla. No hace falta buscar ningún mirador especial: basta con seguir andando y dejar que ese aroma nos acompañe.

Poco a poco el camino se acerca al río y el paisaje cambia. Dejamos atrás las parcelas para caminar junto al agua, disfrutando de un entorno mucho más fresco y tranquilo. Después volvemos a encontrarnos con los campos de cultivo y los naranjos, mientras el recorrido nos va acercando de nuevo hacia Melegís.

Durante el camino también podemos disfrutar de algunas vistas que quizá pasen desapercibidas si vamos pendientes solamente del sendero. Entre ellas aparece a lo lejos el Castillo de Murchas, sobre el paisaje del Valle de Lecrín.

La Ruta del Azahar está señalizada como sendero local SL-A 214 y su trazado oficial es circular, enlazando Melegís y Restábal. El recorrido completo ronda los seis kilómetros y tiene una dificultad baja, aunque existen diferentes maneras de hacerla y algunos recorridos publicados acortan o modifican el trazado según las condiciones del río.

Para nosotros, más que los kilómetros o el tiempo que tardamos, lo importante es lo que encontramos durante el camino. Naranjos, agua, acequias, el paisaje del valle y, sobre todo, esa sensación de estar caminando por un lugar que conocemos desde hace muchos años.

Y quizá por eso esta ruta siga siendo tan especial para nosotros. Antes la recorríamos con nuestros hijos, cuando todavía eran pequeños y cualquier camino entre naranjos podía convertirse en una aventura. Ahora la hacemos mi mujer y yo, pero cada vez que volvemos hay algo que permanece igual: seguimos disfrutando de Melegís de la misma manera.

Ruta del Azahar, Melegís
Ruta del Azahar

Dónde comer en Melegís

Aquí lo tenemos clarísimo. Si hay un sitio que nosotros recomendamos para comer en Melegís, ese es Los Naranjos. Y no es simplemente porque esté en un pueblo que conocemos bien. Es que aquí se come. ¡Y cómo se come!

Nosotros hemos disfrutado mucho de su cocina y, aunque la carta es bastante amplia y no sabría deciros cuál es exactamente el plato estrella, sí podemos decir que las carnes nos parecen buenísimas. Hay de todo: carnes, pescados, platos tradicionales y propuestas en las que los productos del Valle de Lecrín, especialmente los cítricos, tienen bastante protagonismo.

Eso sí, aquí os damos un consejo de los que merece la pena escuchar: reservad mesa.

Aunque el restaurante es grande para lo que uno podría esperar de un pueblo como Melegís, suele tener bastante movimiento y no es raro que os encontréis con que está completo. En alguna ocasión incluso hemos tenido que reservar con bastante antelación. Así que si tenéis claro que vais a comer aquí, mejor no dejarlo para cuando lleguéis.

Pero para nosotros hay otro sitio que forma parte de la visita a Melegís y que tampoco puede faltar. Hablamos de la Panadería Purísima.

Y aquí ya entramos en terreno peligroso, porque tienen cosas realmente buenas. Nosotros somos especialmente fans de sus tortas rellenas de chocolate. De verdad, ¡qué barbaridad de tortas!

La Panadería Purísima es además uno de esos negocios que han sabido mantener el sabor de la repostería tradicional y que han conseguido que sus productos sean conocidos más allá de Melegís. Sus famosas tortas de chicharrones y las de chocolate son incluso protagonistas en actividades y celebraciones del propio Valle de Lecrín.

Nosotros os recomendamos que, después de comer y antes de marcharos, os paséis por allí. Porque una visita a Melegís puede empezar caminando entre naranjos, continuar con una buena comida en Los Naranjos y terminar con algo dulce para llevarnos a casa. Y ya os aviso: con esas tortas de chocolate, volver con las manos vacías es bastante complicado.

Dónde dormir en Melegís

Nosotros tenemos la suerte de vivir en Motril y tener el Valle de Lecrín bastante cerca, así que cuando venimos a Melegís normalmente volvemos a casa el mismo día. Pero más de una vez hemos pensado que tenemos que cambiar eso.

Porque una cosa es visitar Melegís durante unas horas y otra muy diferente quedarse a dormir y disfrutar del pueblo cuando llega la tarde, cuando el ritmo cambia y los visitantes empiezan a marcharse. Poder salir a dar un paseo entre los naranjos, sentarse tranquilamente y ver cómo va cayendo el día sobre el Valle de Lecrín tiene que ser una maravilla.

Y opciones para hacerlo no faltan.

Una de las más conocidas es el propio Los Naranjos, donde además de comer también podemos alojarnos. Su Hostal Rural Los Naranjos cuenta actualmente con 15 habitaciones, todas con baño privado y balcón o terraza, muchas de ellas con vistas al valle. El alojamiento dispone además de piscina, parque infantil y desayuno incluido, y también existe la posibilidad de contratar media pensión o pensión completa.

Y si lo que buscamos es más independencia, dentro del mismo complejo tienen también un apartamento para cuatro personas, con dos dormitorios, cocina, terraza y barbacoa, además de acceso a la piscina.

Pero Los Naranjos no es la única posibilidad. En el propio Melegís encontramos casas rurales como El Violín, situada en el casco antiguo, entre las calles del pueblo y las huertas de naranjos, o Casa Valle de Lecrín, una vivienda rural completa en la calle Larga con varias habitaciones, terraza y vistas al valle.

También está Casa Valley Boutique, una casa para cuatro personas con jardín, dormitorios con baño privado y espacios pensados para quedarse tranquilamente unos días.

Y para quienes busquen una estancia diferente, en el mismo Melegís encontramos Elysium, un hotel boutique instalado en una casona restaurada con vistas al Valle de Lecrín y vinculado a un restaurante incluido en la selección de la Guía Michelin 2026.

Como veis, dormir en Melegís no es ningún problema. Hay alojamientos para distintos tipos de escapada, desde habitaciones en un hostal rural hasta casas completas donde quedarse varios días.

Nosotros todavía tenemos esa asignatura pendiente. Vivir cerca hace que siempre pensemos aquello de “ya volveremos a casa”, pero algún día queremos hacer justamente lo contrario: quedarnos a dormir, salir a pasear cuando ya no quede casi nadie por las calles y disfrutar del Valle de Lecrín sin mirar el reloj.

Y seguramente ese día entendamos todavía mejor por qué hay gente que viene hasta aquí buscando precisamente eso: parar, respirar y quedarse un poco más.

Fiestas y tradiciones de Melegís

Melegís también cambia cuando llegan sus fiestas. A lo largo del año hay varias celebraciones, pero nosotros nos quedaríamos con tres que merece la pena conocer.

Feria de la Naranja

Si hay una fiesta que representa a Melegís, esa es sin duda la Feria de la Naranja. Se celebra cada primavera y lleva haciéndolo desde 2003. Con los años se ha convertido en una de las citas más importantes del Valle de Lecrín y durante esos días el pueblo se llena de actividades, puestos gastronómicos, música y propuestas para todos los públicos.

La naranja es la gran protagonista. Podemos encontrar zumos, mermeladas, repostería y diferentes productos elaborados con los cítricos de la zona, además de platos como el remojón de naranja.

Es una buena ocasión para conocer Melegís con un ambiente completamente diferente al que encontramos cuando venimos tranquilamente a pasear entre sus calles y naranjos.

Fiestas de San Antonio

En junio llegan las Fiestas de San Antonio, patrón de Melegís. Durante estos días hay música, verbena, actividades y la tradicional procesión del santo, pero hay algo que nos parece especialmente curioso: la bendición de los panecillos de San Antonio.

Según la información municipal, esta costumbre tiene varios siglos de historia y está relacionada con los milagros atribuidos a San Antonio de Padua. La imagen que sale en procesión es además una talla del siglo XVIII.

Es de esas celebraciones que permiten conocer una parte de la vida del pueblo que no encontramos cuando simplemente venimos a hacer una ruta.

Corpus Christi

Otra fecha que merece la pena tener en cuenta es el Corpus Christi. Durante la celebración, las calles de Melegís se llenan de color con las alfombras de flores que preparan los vecinos para el paso de la procesión. Se utilizan pétalos y plantas como la gayomba y el resultado cambia por completo el aspecto habitual de algunas calles.

Si tenemos la suerte de coincidir con esta fecha, merece la pena acercarse a verlo. Es una de esas ocasiones en las que Melegís se disfruta de una manera diferente.

Cómo llegar y aparcar en Melegís

Llegar hasta Melegís es bastante sencillo. Nosotros salimos de Motril y tomamos la A-44 en dirección Granada. Después dejamos la autovía a la altura de Mondújar y continuamos hacia Talará para llegar finalmente a Melegís.

Si venimos desde Granada, el acceso es igualmente cómodo por la A-44, mientras que desde otros puntos como Jaén, Málaga o Almería podemos enlazar también con esta autovía y continuar después hacia el Valle de Lecrín.

Una vez que llegamos a Melegís, normalmente buscamos el Mirador de las Alvirillas, donde se encuentra la zona de aparcamiento frente a Los Naranjos. Es el lugar más cómodo para comenzar la visita y, además, es el punto de inicio oficial de la Ruta del Azahar.

Eso sí, aquí hacemos una pequeña puntualización. Si vamos entre semana y llegamos temprano, normalmente no tendremos demasiados problemas. Pero los fines de semana y a determinadas horas puede costar bastante más encontrar sitio junto al mirador.

Cuando nos ocurre, nosotros tenemos alguna alternativa. Una de ellas es dejar el coche por la zona de entrada al pueblo, siempre buscando un lugar donde esté permitido aparcar. También hemos dejado alguna vez el coche en la zona de la cooperativa de cítricos, pero en este caso preferimos no recomendarlo como aparcamiento oficial, ya que conviene comprobar siempre que no se esté ocupando un espacio de trabajo o un acceso.

Por eso, si vais en fin de semana, nuestra recomendación es sencilla: intentad llegar temprano. Si encontráis sitio junto al mirador, perfecto. Y si está lleno, no merece la pena dar vueltas buscando un hueco imposible; mejor buscar una zona de entrada al pueblo donde podamos aparcar correctamente y comenzar desde allí.

Al final, Melegís es un pueblo para recorrer caminando. Una vez que hemos dejado el coche, podemos olvidarnos de él y disfrutar tranquilamente de sus calles, sus fuentes, los naranjos y todos esos rincones que hemos ido descubriendo durante la visita.

Nos despedimos de Melegís

Pues nos vamos de Melegís. Mientras caminamos hacia el coche vamos hablando de la visita y, como suele pasar cuando volvemos a sitios que llevan tantos años formando parte de nuestra vida, terminamos acordándonos de nuestros hijos.

Nos vienen a la cabeza pequeñas historias de aquellas visitas: cosas que hicieron, alguna ocurrencia, alguna caminata en la que acabamos todos cansados y contentos. Son recuerdos que en su momento parecían poca cosa y que ahora, con los años, valen mucho. Y es curioso cómo un camino, un rincón del pueblo o simplemente volver a pasar por un sitio puede hacer que aparezcan de nuevo.

Por eso Melegís es diferente para nosotros. No es solamente un pueblo del Valle de Lecrín al que venimos a caminar: es también una pequeña parte de nuestra historia como familia.

Nos montamos en el coche y ponemos rumbo a Motril, con esa sensación tan agradable de haber vuelto a un lugar que sentimos cercano.

Y seguramente volveremos. Porque hay sitios que uno visita y después recuerda. Y hay otros, como Melegís, que forman parte de nuestros propios recuerdos.

Nos vemos en los senderos!!!

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